Isfahan, visitant una Zurkhané

Us presentem aquest interessant relat d’un viatge a Iran de la Marta Ramírez:

Estoy en Isfahan, la mitad del mundo, y desde el principio de nuestro viaje por Irán le habíamos pedido a Farzaneh, nuestra guía, que queríamos presenciar una sesión de Varguesh-ye Bastani, el deporte tradicional iraní por excelencia que se practica en la Zurkhané, la casa de fuerza.  Parece que en Isfahan íbamos a cumplir nuestro deseo. Farzaneh, nos llevó por callejuelas que se extendían detrás de la Mezquita del Imam , con un sol que iba en declive al ser las 5 de la tarde y por fin llegamos a una puerta de cristal, totalmente empapelada de posters de gimnastas que no dejaba ver el interior. Al ser extranjeras tenemos el privilegio de acceder al recinto y también las dos guías que llevamos, Farzaneh que sólo habla en inglés y Leyla de 20 años que está haciendo su primer viaje como guía de español.

Para Leyla es un viaje de aventura y descubrimiento, de su propio país y del extranjero, ya que viaja con un grupo de su adorada España, es su viaje de iniciación y entrar en la zurkhané es todo un privilegio. Así de entrada, la zurkhané es recogida, por no decir pequeña, una primera sala con sillas metálicas y colgadores hace de vestuario para los practicantes, que llegan detrás de nosotros y se cambian allí mismo, con un ligero pudor, la dejamos atrás y entramos en la sala donde tendrá lugar la demostración.

La pista de ejercicios es octogonal y está como medio metro por debajo de las gradas donde nos sentamos nosotros. Las gradas ocupan la mitad del recinto, las paredes están llenas de fotografías antiguas en blanco y negro de antiguos luchadores luciendo bigotitos con las dos puntas hacia arriba, de los grandes maestros de esta especialidad, de fotografías del Ayatollah Jomeini y de otros líderes como Jatami o Rafsanjani, de oraciones a Alá, de versículos del Corán o de mazas antiguas como las que veremos después y que llaman mil.

Frente a nosotros a la izquierda, un pequeño cubículo abierto situado un nivel por encima de la pista, sirve para que allí se coloque el Morshed, el jefe de ceremonias que, a ritmo de unos timbales, va cantando poemas épicos o de alabanza a Alá. Al entrar los atletas, cuya edad va desde los 15 a los 50 aproximadamente, o eso nos parece, tocan el suelo con la mano derecha, se la besan y la llevan a la frente. Visten un bombacho estampado en colores oscuros y la camiseta es azul con las mangas blancas en las que lucen los tres colores de su bandera, el verde, el blanco y el rojo.

Todo el ritual tiene una simbología alegórica, para empezar dan unas vueltas alrededor del octógono y diciendo unas frases en voz alta que son saludos a Mahoma. Uno de los hombres toma dos tablas de madera de 40 kgs cada una y se tiende en el suelo, coge una en cada mano por una abertura y gira de costado levantando una tabla y estirando la otra horizontalmente según el lado al que gire, a este ejercicio se le llama sanghé.

Después de esto, los hombres vuelven a girar alrededor de la pista, haciendo flexiones hacia el centro, estiramientos, dando pequeños saltitos y giros como hacen los derviches, lo hacen al son acompasado que va marcando el morshed, modulando la voz, agrediendo los timbales, es como si estuviesen en trance y nosotros mismos estamos extasiados en su contemplación porque no sabemos en qué acabará todo esto. El significado de este ejercicio es el de un ejército que avanza y retrocede en el campo de batalla, cuando finaliza hay nuevos gritos de aclamación a Mahoma y Alí, su primer sucesor.

Le toca el turno a las mazas, llamadas mil. Su peso oscila entre 15 y 30 kgs cada una, los más jóvenes empiezan con las de 15 pero tienen una en cada mano y las van levantando alternativamente hasta el hombro como si nada, siguen el ritmo de los timbales y es estremecedor ver con qué fe, con qué voluntad y con qué fuerza pueden hacerlo. Los mayores levantan las de 30 kilos como si tal cosa, pero el esfuerzo se traduce en un sudor que empieza a resbalar por su cara y a empapar sus camisetas.

Ahora tendrá lugar el último de los ejercicios reservado, como el sanghé, a los más fuertes, el kabadé. Aquí el practicante sostiene un raro artilugio metálico con varillas móviles en su interior y lo tiene que mover de lado a lado sobre su cabeza, se dice que es el ejercicio que practicaban los arqueros para coger fuerza en los brazos, ya en la época de los Aqueménidas.

Al final de la exhibición nos saludan con respeto y se van como han venido, tocando nuevamente el suelo. Han dejado allí todos los utensilios y alguno de los hombres de nuestro pequeño grupo intenta emular la proeza de los gimnastas y levantar un mil, pero no puede, y eso que es el de 15 kilos. Tampoco pueden levantar el artilugio metálico, ni mucho menos la tabla de madera de 40 kilos.

Salimos a la calle pasando por la salita que hace de vestuario, no hay otra manera de salir de allí y pillamos a los atletas que se han sacado las camisetas y con ellas se secan las axilas, huele a sudor, pero no hay lavabos ni duchas y de esta manera regresan a sus casas. Unas mujeres vestidas con chador les esperan en la calle, son sus esposas, ellas no pueden entrar dentro.

Hoy es jueves, o lo que es lo mismo, nuestro sábado y las familias isfahanís se han apoderado de la plaza del Imam , desplegando sus alfombras sobre el césped de la explanada central. Han traído enormes samovares donde prepararán el té, otros ya lo traen preparado de casa en unos no menos enormes termos, también veo alguna sartén y mucha fruta. Las familias se sientan sobre su alfombra para preparar la cena y compartirla con amigos, vecinos y familiares.

Algunos de nosotros hemos ido a la heladería cercana a la Mezquita Sheikh Lotfollah y volvemos con vasitos de helado de almidón, de pistacho, de rosas..y nos sentamos en la pequeña barandilla de cemento que bordea el césped. Sabemos que nos observan, pero nosotros también les miramos, no tenemos prisa, sólo queremos saborear el helado y el momento.

La visión que nos envuelve es magnífica, todos los monumentos están iluminados, la Mezquita del Imam con sus altísimos minaretes parece que nos mira de refilón, detrás la Mezquita Sheikh Lotfollah , enfrente el Palacio de Ali Qapu , alto, majestuoso, digno, más allá a la derecha la entrada al Gran Bazar de Isfahan , parece que no cierra nunca, siempre hay gente entrando y saliendo, las tiendas que bordean la plaza siguen abiertas y, por lo tanto, iluminadas. Se escucha el murmullo de los chorritos de agua del estanque central, el trote de los caballos que llevan a los paseantes montados en las calesas, las risas de los niños, las palabras de los ancianos, el crepitar de las sartenes.

Huele a comida, a té, a perfumes, a hierba recién cortada, a vida. De repente una niña se levanta de su pequeño círculo familiar y viene hacia nosotros con las manos abiertas y con algo dentro. Cuando está frente a mí veo lo que es, son pipas, me mira sonriendo y abro la mano donde me deposita una pequeña cantidad y sigue repartiendo a toda nuestra hilera hasta que se le acaban, le damos las gracias con la cabeza. El problema va a ser dónde tirar las cáscaras, afortunadamente la plaza está bien urbanizada y dispone de papeleras y allí las tiramos al acabar.

Ahora se acerca otra niña, no es del mismo grupo, pertenece a otro grupito familiar que ha visto cómo la primera nos ofrecía las pipas, y no puede ser menos, la hospitalidad es sagrada. Ésta viene con un plato de ciruelas amarillas, vuelve a empezar conmigo y cojo una, pero he tenido tiempo de contar las que hay. Hay una para cada uno de nosotros y ellos se han quedado sin fruta.

Marta Ramírez

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